La Señora Pedecaris nunca viene sola. Tras de si arrastra un sinnumero de comentarios innecesarios, que suelta como una activista pro derechos de las chinchillas habría en una razia contra una granja de su cría. Habla y habla sin parar, con una medida incontinencia verbal que le hace colocar estratégicamente, entre inocentes comentarios algodonados, frases que hieren como un látigo de fuego a quien las escucha, que prefiere hacer como que no las ha escuchado. Habla de cortinas, de las carreras de Ascot, del sufragio universal, de lo cara que está la vida, de sus viajes soñados, de que las costumbres morales han de cambiar, del ideal fabiano, de la cosecha de patata, de las necesarias reparaciones efectuadas en su casa, de las mejoras necesarias en los jardines ajenos. De repente, cuando lo considera oportunos ( siempre, demasiado tarde para quienes la han escuchado), se pone en pie como impulsada por un muelle invisible, y se despide, dejando tras de si alguna frase que retumba aun en el fondo de la chimenea y alguna infamia que languidece junto a los terrones de azucar.
"Ejem....Creo que, en fin....- dijo el Sr. Pendergast, rozándose suavemente la ceja derecha - ejem...deberiamos colocar algún cepo para osos en la entrada de la casa...En fin...Sin la debida...ejem...señalización...".
Nunca he estado más de acuerdo con nadie.