Rey muerto
Debo confesar que nunca creí que los trajes del Sr. Pendergast me quedaran tan bien. A la medida. Ni una arruga. Tampoco que los vecinos del Sr. Pendergast asumieran con tanta naturalidad que yo me haya hecho cargo de la casa y las tierras, y que viva en ella como si fuera el propietario. Jaudieux, el comerciante de semillas, me mandó la pasada semana el catálogo, con una amable nota, indicándome algunas novedades y esquejes recibidos, como lo hubiera hecho con los Pendergast.
Nadie echa de menos a la señora Pendergast, a la que tengo previsto utilizar como sustrato de un nuevo arriate de hortensias. Su marcha fue normal, natural, previsible, a pesar de ser todo lo contrario. De la Sra. Pedecaris no tengo noticias directas, aun cuando se que escribe desde su esquina fabiana.
Todo ha cambiado, todo sigue igual. Y sigo fumando el aromático tabaco del Sr. Péndergast junto al ventanal del salón, sin inquietud alguna.
Debe ser la paz.

