Amanece, plátano es

10.13.2005

Una desaparición, dos viajes, tres malentendidos

Personalmente creía que el matrimonio Pendergast había salido de viaje. La señora Pendergast pensaba, sin embargo, que era el Sr.Penderast el que se marchaba ( y así se lo dijo a la criada, para que colocara almidón extra en los puños de las camisas, que se arrugan mucho en los viajes), y el Sr. Pendergast no pensaba hacer viaje alguno, sino descerrajarse un disparo con la escopeta de caza en la cabeza, para lo que no necesitaba ni maleta, ni camisas con extra de almidón ni, desde luego, la presencia de la Sra. Pendergast. Son cosas que, por pudor, por procedencia, por la propia esencia del acto, es necesario realizar en la acogedora soledad.
¿Qué motivos tenía el Sr. Pendergast para acabar con su vida? Bueno, en realidad ninguno. Es más, siendo abogado, el hecho de que se descerrajara un disparo de postas en la cabeza no significaba, necesariamente, que colocaran el cartel de "Final de Trayecto"; pero, aun admitiendo que pudiera perder la vida, no tenía ni más ni mejores motivos que usted, usted o usted para pegarse un tiro. El Sr. Pendergast, en todo caso, es un ferviente animista, de manera que no considera la muerte como un final, sino como una etapa. Una de tantas.
Personalmente no comparto esa visión tan arriesgada de la vida ( más que nada por la posibilidad de que el animismo estuviera basado en un error conceptual dramático y no pudiera encontrar a ningún responsable que me devolviera a mi estado anterior, esto es, vivo y coleando), y aun sin saber que el Sr. Pendergast tenía esas ideas en la cabeza ( ideas que, en breve, dejarían de estar allí), le había propuesto dos alternativas de viaje: a Paris, alojándonos en la casa de Z., buen amigo mio y que, de seguro, se alegraría de enseñarnos las más bizarras diversiones de la ciudad; o, alternativamente, a Tanger, a imbuirnos en el misterio de catálogo de viajes que tiene esa plaza.
Pendergast no tomó ninguna decisión, que aplazó hasta que hubiera sulfatado los pulgones de los rosales del cercado.
Sin embargo, aquella mañana, cuando desperté, Pendergast no estaba. Y los pulgones aun seguían allí.