Amanece, plátano es

7.19.2006

Primera etapa: Paris-Berlín


Paris en esta epoca del año es un hervidero de camisetas de tirantas y sandalias con dedos al aire; a la espera de que Yahvé lance la esperada lluvia de azufre, me he encaminado a la Gare d´Austerlitz, con un equipaje ligero, y con la pretensión de llegar a Berlín. El tren es terriblemente democrático, y soporta su debida cuota de camisetas de tirantas y sandalias con dedos al aire, sin distinción de clases ni precios de billetes. Posiblemente, en las oposiciones a funcionarios de la Red Ferrovaria Francesa se convoquen plazas de "Usuario de camiseta de tiratas", Grupo B, Nivel 20, y posiblemente esas oposiciones serán muy duras y combatidas. Me coloco en mi asiento, tomo estas notas y me imagino un mundo de personas que no sudan, mientras el movimiento del tren me acuna.

7.18.2006

La mejor dieta para engordar el tedio: viajar

Hay almas cándidas que piensan que viajando se aprende. Esas mismas almas cándidas - rectas cumplidoras de sus obligaciones, incluso tributarias, y que son el sostén de esta confusa sociedad - piensan que la vida del propietario de una libreria anticuaria, especializada en Julio Verne y situada en centro del Universo, es tediosa.
Pero estoy decidido a predicar con el ejemplo. Demostraré que viajar solo incrementa el riesgo de contraer la malaria y disminuye el número de unidades de ropa interior, que misteriosamente desaparecen en cada establecimiento hotelero en el que el viajero se aloje.
Mañana salgo de viaje alrededor del mundo. Paga Pendergast. Y les iré contando.

4.23.2006

Preocupaciones de un librero parisino

El precio de un traje de alpaca, aun contando con el generoso trato que siempre me dispensa Monsieur Dupruit.
Cómo conseguir un buen café torrefacto sin recurrir a mis contactos portugueses. Nunca se sabe...Si los secuestran...¿qué café podría beber?
El ascenso en calidad del champagne Mumm...¿tiene algo que ver con alguna novela de Dan Brown? ¿Algún secreto cabalístico?.
La extraña pulsión de no llevar ropa interior. Aún a pesar de las inclemencias del tiempo.
¿Debería dejarme barba?

4.09.2006

Una nueva vida, que es igual que la anterior

Decía Chesterton que cuando se deja de creer en Dios, se empieza a creer - con una fé inquebrantable - en cualquier cosa. Tras el asunto Pendergast yo he dejado de creer en la justicia, que me ha permitido vender los bienes de los ausentes, confiando en que mi forma suave, pausada y educada de decir las cosas hacía imposible que yo fuera un asesino y un usurpador. Cuando se ha dejado de creer en la justicia minúscula ( en la mayúscula sólo deben creer algunas almas cándidas, en número no superior a seis en todo el orbe ), sólo le queda la Legión Extranjera o las librerías de antiguo; habiendo ya pasado por las privaciones de la milicia, he pagado el traspaso de un pequeño establecimiento especializado en Julio Verne, cerca de la parisina plaza de Saint Sulpice, desde donde veré pasar las gotas de lluvia y las sirenas de la Sureté, y desde donde espero contarles los verdaderos crímenes e infamias: los que quedan cubiertos con una sonrisa y una discreta corbata de Hermés.

12.15.2005

Out

Cuando todo empieza a oler a piso de renta antigua, es el momento de ir cerrando.

11.14.2005

Rey muerto

Debo confesar que nunca creí que los trajes del Sr. Pendergast me quedaran tan bien. A la medida. Ni una arruga. Tampoco que los vecinos del Sr. Pendergast asumieran con tanta naturalidad que yo me haya hecho cargo de la casa y las tierras, y que viva en ella como si fuera el propietario. Jaudieux, el comerciante de semillas, me mandó la pasada semana el catálogo, con una amable nota, indicándome algunas novedades y esquejes recibidos, como lo hubiera hecho con los Pendergast.
Nadie echa de menos a la señora Pendergast, a la que tengo previsto utilizar como sustrato de un nuevo arriate de hortensias. Su marcha fue normal, natural, previsible, a pesar de ser todo lo contrario. De la Sra. Pedecaris no tengo noticias directas, aun cuando se que escribe desde su esquina fabiana.
Todo ha cambiado, todo sigue igual. Y sigo fumando el aromático tabaco del Sr. Péndergast junto al ventanal del salón, sin inquietud alguna.
Debe ser la paz.

10.25.2005

Preferiría no hacerlo.

He recibido varias cartas y notas. Algunas de pésame. Otras, facturas impagadas. Las restantes me preguntan si es cierto que el Sr. Pendergast ha muerto y si, a pesar de ello, volverá. Me temo que el episodio referido anteriormente es real, y no tiene similitud alguna con otros episodios ocurridos en cataratas, con resultado más afortunado para el personaje en cuestión, que pudo volver de entre los muertos.
Lamentablemente, el Sr. Pendergast murió. Se llevó a la tumba muchos secretos, que a lo mejor eran simples cuestiones ordinarias y cotidianas, pero que una muerte tan inesperada ha envuelto en un velo de intriga. Y tras su muerte, la vida sigue.
La señora Pedecaris se ha hecho feminista radical, sufragista en activo y escribe en una revista fabiana un consultorio sentimental.
Yo, por mi parte, he asesinado a la señora Pendergast, he disuelto su cadaver en ácido y he hecho creer al vecindario que se marchó al exranjero, sin dejar señas, desesperada por las incógnitas de la muerte de su marido. Acabaré esta nota y saldré a dar una vuelta por el jardín, que ahora es mi jardín.
Puede que plante algunas hortensias. Aunque puede que ahora no sea la época.