He recibido varias cartas y notas. Algunas de pésame. Otras, facturas impagadas. Las restantes me preguntan si es cierto que el Sr. Pendergast ha muerto y si, a pesar de ello, volverá. Me temo que el episodio referido anteriormente es real, y no tiene similitud alguna con otros episodios ocurridos en cataratas, con resultado más afortunado para el personaje en cuestión, que pudo volver de entre los muertos.
Lamentablemente, el Sr. Pendergast murió. Se llevó a la tumba muchos secretos, que a lo mejor eran simples cuestiones ordinarias y cotidianas, pero que una muerte tan inesperada ha envuelto en un velo de intriga. Y tras su muerte, la vida sigue.
La señora Pedecaris se ha hecho feminista radical, sufragista en activo y escribe en una revista fabiana un consultorio sentimental.
Yo, por mi parte, he asesinado a la señora Pendergast, he disuelto su cadaver en ácido y he hecho creer al vecindario que se marchó al exranjero, sin dejar señas, desesperada por las incógnitas de la muerte de su marido. Acabaré esta nota y saldré a dar una vuelta por el jardín, que ahora es mi jardín.
Puede que plante algunas hortensias. Aunque puede que ahora no sea la época.